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Lucilene Machado
Brasil
Una historia cualquiera
¿Te acuerdas, João, de cuando nos conocimos? Quedé tan impresionada que tuve miedo que percibieses o que leyeras mi pensamiento. Sabes como son estas cosas, las mujeres, sin querer, se delatan, se traicionan... y para no correr ese riesgo, fingí que eras un João cualquiera. Conversé con todos los muchachos, menos contigo. Mientras tanto, cuando te distraías, te estudiaba atentamente y pensaba: ¡Qué suerte sería tener un hombre así a mi lado! Un hombre tan grande, tan rubio, tan lindo...
Palabra que aquella noche no dormí. Me pasé todo el tiempo pensando en ti e imaginando tu porte varonil dentro de un pijama. ¿Deseo? ¡No, João! Nada de eso pasaba por mi cabeza (o por mi cuerpo), para ser sincera. Gusté tanto de ti que me bastaría tu presencia. Quería apenas recostar la cabeza en tu hombro y dormir. La certeza de ser la primera persona en verte por la mañana me fascinaba.
Estuve deambulando por la casa, hasta pasada la medianoche. Varias veces encendí las luces para observarme al espejo. Busqué detalladamente, en mí, algún rasgo que pudiera atraerte y, por primera vez, me juzgué poco interesante e incapaz. Luego, intenté disuadirme de la idea de seducirte.
Cuando mi madre me despertó a las nueve, diciendo que un tal "João" estaba al teléfono y quería hablarme, perdí la voz. Debes haberme encontrado rarísima. Sólo conseguí responder con monosílabos: sí..., no..., bien... Pero, acepté con lucidez la invitación para un helado esa noche.
Ni preciso contarte el esfuerzo que hice para quedar bonita. Y tú lo percibiste inmediatamente. Creo que fue ahí que cometí la primera imprudencia. Con una intimidad inesperada me despojaste de todas mis máscaras y fue el momento propicio para mirarnos largamente. No recuerdo quién de los dos fue el que primero desvió la vista, sé que seis meses después nos casábamos.
La luna de miel fue en Porto Alegre. Tres días en ómnibus. Pero valió la pena. Todo valía la pena. Hasta dormir en una casilla, comer sándwiches de mortadela, alquilar una bicicleta para dar un paseo... ¡Ay, que nostalgia, João!
No sé por qué estoy rememorando todo esto en un momento tan inapropiado, cuando estos detalles están todos inconexos, como si no hubiesen, de hecho, existido. Tampoco sé si tú irás a leer esta carta, andas tan sin tiempo y, además, esta cosa de escribir cartas tal vez te suene rebuscado, o de mal gusto. Es como mis aros de argolla, ¿No es verdad?
Sí, João, tal vez me haya quedado en el tiempo. Dejé de seguir las modas, de probar el último corte de cabello, de usar tacos... Quién sabe haya cuidado en demasía de ti y descuidado un poco de mí. Tal vez haya pasado mucho tiempo cuidando la casa, los chicos, las cuentas a pagar, el supermercado... principalmente en los últimos tiempos, cuando precisaste tranquilidad absoluta para concluir tu licenciatura.
Tú me prometiste (¿Recuerdas?) que después de eso íbamos a disfrutar más, que iríamos a hacer un viaje a París... ¡Una segunda luna de miel! Pero, la verdad es que quien fue a París fuiste tú, con tus compañeros de estudios y ni te tomaste el trabajo de justificarte conmigo. Pienso que no encontraste argumentos ni tiempo para buscarlos.
Es que últimamente estás tan absorbido con la facultad, con tus alumnos, que hablas muy poco conmigo, y cuando hablas es siempre acerca de tu doctorado... también es eso, ¿No? Tú tienes tus preocupaciones, tus metas... lo que pasa es que soy una soñadora, João. Me la paso imaginando las cosas de una forma romántica, de una forma en que nunca podrían ser. Y, ahora estoy aún más rara. Imagina que ayer vi al vecino de enfrente comiendo un pancho con la mujer y me quedé ahí, imaginándonos a nosotros dos, quiero decir, cómo sería lindo si todavía fuéramos novios, que aún sonriéramos el uno para el otro, que nos tomáramos de las manos, nos mirásemos a los ojos... ¡Ay, cómo lloré, João! Sentí un dolor agudo en el pecho, bien a la izquierda que enseguida fue creciendo por dentro, creciendo... hasta que me desvanecí.
Desperté aquí en este hospital con el médico diciéndome que, además de otras cosas, tengo una arteria obstruida. Confieso que esto no me sorprendió. Debe haberse tapado con mis amarguras, un mal que se infiltra en las venas como un veneno mortal. ¡Es una peste,
João! Se va desparramando por el cuerpo como hierba dañina. ¿Recuerdas aquella vez, en el jardín de casa? Fue destruyendo todas las flores y cualquier raíz de esperanza que porfiase en brotar. El jardinero a quien recurrí dijo que habíamos dejado que la hierba tomara demasiada fuerza y resistencia, que habría que haberla exterminado al principio. El antídoto ahora tenía que ser muy fuerte y con seguridad iba a perjudicar la tierra. Fue, de hecho, lo que ocurrió. La tierra quedó árida e improductiva. Así estoy yo, João. ¡La tierra de mi corazón está entrelazada de hierbas dañinas! Disculpa si esta comparación te parece grotesca. Es que yo quisiera que tú percibieses las cosas con una óptica menos científica.
Dentro de poco, voy a ingresar al quirófano y, si sobrevivo a ésta, luego de unos días seré sometida a otra cirugía. No tengo ni idea de cuando volveré a casa. Tampoco quiero pensar en eso. Sé que tú cuidaras bien a las niñas. Eso es algo de lo que no me puedo quejar. Siempre fuiste un buen padre. Y, si estoy escribiendo esta carta en un momento tan poco oportuno, es porque tengo la sensación de que después de todo esto voy a quedarme seca y vacía como la tierra de nuestro jardín. Y antes de que eso acontezca, João, me gustaría dejar estas pocas palabras. Tal vez las haya escrito para mí, para que un día pueda leerlas y creer que amé tanto.
De tu, hasta aquí compañera, María.
Traducción: Raúl Gentili – Argentina
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